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¿Es bueno tener miedo?

¡Qué situación estamos viviendo!

Nuestra realidad ha cambiado tanto que este cambio está desafiando nuestros paradigmas más profundos. Paradigmas, dicho sea de paso, que creíamos seguros e inamovibles, ¿no es así?

Esto está provocando un gran movimiento en todos nosotros y nos enfrenta a una terrible realidad. La realidad de  que  nuestras comodidades y seguridades creadas durante tantos años por esa construcción llamada “sociedad del bienestar” quizá no sean más que placebos que nos hicieron olvidar que el mundo en realidad es un lugar lleno de incertidumbres.

Ya nos lo decía el psiquiatra Luis Rojas Marcos con el título de su libro “Nuestra Incierta Vida Normal”. Un lugar donde la incertidumbre es lo normal, lo de todos los días, donde los peligros acechan como siempre lo hicieron. El mundo no ha cambiado más que en falsas apariencias. No ha cambiado en lo sustancial.

Lo que cambió fueron las mentalidades sociales, habíamos cambiado nosotros mismos. Nos adormecimos, nos acostumbramos a esa falsa sensación de seguridad. Y ahora, algo paradójico por cierto, no toleramos la incertidumbre y entramos en pánico.

Se nos olvida que no hace más de 80 años que salimos de una guerra mundial, en parte por que la mayoría de nosotros nacimos mucho después de ese catastrófico horror, tan solapado en el tiempo con la guerra civil española, donde no solo se tenía que confinar uno, si no que se vivía con el miedo de ser delatado o asesinado por el mismísimo vecino, además de pasar hambre, miseria,… se podía perder todo y nadie tenía nada seguro… en fin.

¡Otra paradoja! Muchos de los que si lo pueden recordar se nos están yendo diariamente en ese goteo incesante de muertos que se agolpan en las estadísticas diarias. Nuestros abuelos o padres que vivieron esa guerra y padecieron tantas calamidades y que pueden darnos esas lecciones tan importantes, se nos van, se nos van muchos  de esa generación por ser, como dicen personas, de riesgo. 

Como ya sabéis, hemos estado publicando diferentes vídeos sobre algunos problemas psicológicos que algunas personas podemos estar pasando. Sobre todo problemas relacionados con la ansiedad, con el miedo a enfermar, a perder sus seres queridos,…

Estas publicaciones se han propagado por nuestras redes sociales, y han creado un gran interés e impacto. Muchos se lanzaron a volcar allí sus miedos y necesidades. Otros intentaban ayudar de alguna manera y con la mejor de las intenciones, pero, en algunos de esos consejos bienintencionados, se introducían creencias y conceptos que contribuyen a todo lo contrario de lo que intentan. 

Los problemas de ansiedad (el miedo) no se solucionan desde la evitación. El miedo, esa emoción tan perseguida por la “sociedad de la felicidad”, es el arma más potente de supervivencia que tenemos como especie. Sin esta arcaica emoción seguro que nuestra especie habría dejado sin blanco al Coronavirus de hoy. Muchos consejos se oyen de que no hay que encender las noticias, que no hay que dejarse influenciar por los medios,… 

Es verdad que  el miedo puede llegar a un estado de irracionalidad y entrar en lo que se llama fobia convirtiéndose en un problema y una limitación para el individuo que la padece. Pero lo que quiero transmitiros hoy es que el miedo es necesario, nos avisa y nos prepara para una amenaza que hemos percibido. Por lo tanto, sin caer en el pánico, debemos de tenerlo en cuenta como un aviso. Como ya os dije en otro vídeo, debemos, después del primer impacto,  evaluar la realidad de ese miedo.

Este proceso es clave, pues evita que o bien sobrevaloremos ese miedo o lo infravaloremos, siendo las dos opciones puede que igual de dañinas, por lo que cuando sentimos miedo y ansiedad debemos de primero evaluar la situación. Debemos de saber cuan de ajustada está esa emoción. Esto es pilar básico de lo que se llama inteligencia emocional.

Un ejemplo de esta evaluación es lo que podemos decir a los niños cuando tienen fobia a la oscuridad y a los seres fantásticos como los monstruos. Para tranquilizarlos, ¿qué hacemos?… pedimos al niño nos acompañe, abrimos armarios, miramos debajo de la cama, detrás de las cortinas y por todos los lugares que el niño dice tener miedo de que se esconda ese ser. Comprobando, de que allí no hay nadie. Hacemos así que el niño reevalúe la situación y tenga una perspectiva más real de su miedo. Esto seguro que le calmará bastante.

¿Cómo podemos extrapolar eso a nosotros, más concretamente al miedo y la ansiedad que nos genera este virus? De la misma manera que hemos hecho con este niño evaluaremos la situación que estamos viviendo. Para ello busquemos información fiable, tratando de no oír a los que nos hablan saturándonos y creando excesiva alarma o diciéndonos que hay monstruos donde no los hay.

Debemos de oír por lo tanto a médicos, epidemiólogos y otros científicos que nos están dando una información ajustada. Dándonos consejos preventivos reales, por que aquí si que hay una diferencia con el niño que tiene miedo de los monstruos. Esta amenaza es real y por lo tanto debemos de ajustar ese miedo, considerarlo como una señal que nos prepara, nos hace buscar soluciones, y que por lo tanto nos adapta a las circunstancias.

Evadirnos de la realidad y evitar el contacto con la realidad se torna patológico, es volver a etapas infantiles: “el avestruz no soluciona nada de lo que teme escondiendo su cabeza”. La amenaza es real, es bueno que nos genere ese miedo, esa ansiedad, quizá deberíamos ajustar esta emoción equilibradamente, aumentar nuestra sensación de control eligiendo esa información fiable.

No caigamos en el pánico paralizador pero tampoco en la indiferencia ingenua que por desgracia muchos dirigentes de varios países cayeron en un principio y de la que luego tuvieron que recular, provocando eso sí miles de muertes.

Amigos, decía Aristóteles que: “la virtud está en el punto medio”.  Ajustemos el miedo en ese punto medio, no sobrevaloremos la amenaza pero tampoco la infravaloremos.

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